El destino de las unidades puede ser un país limítrofe, para convertirlas
en mellizos o autopartes
Nadie puede parar el robo de automóviles en la Argentina.
Las cifras que indican el crecimiento de este delito en nuestro país
son contundentes.
Según las estadísticas que manejan las compañías de seguros de primera
línea, durante el último año, 100.000 vehículos fueron robados en
la Argentina. Esto significa que en nuestro país se roba un automóvil
cada cinco minutos.
Detrás del robo de un vehículo se ocultan poderosas organizaciones
delictivas que llegan a ganar, como mínimo, 400.000.000 de dólares
en un año, si se considera que cada automóvil se vende en el mercado
negro a un promedio de 4000 dólares.
Aunque no todos los vehículos sustraídos van a parar a países limítrofes,
especialmente a Paraguay. Una gran porción se queda en el país para
ser desarmada, con el fin de vender sus piezas como repuestos o para
fabricar el rodado mellizo.
El 90 por ciento de esos 100.000 automóviles fueron robados en la
CapitalFederal y en el Gran Buenos Aires, donde se concentra la mayor
parte del parque automotor de la Argentina. Esos 90.000 automóviles
representan casi el 2 por ciento de los 5.000.000 de vehículos radicados
en dichas jurisdicciones.
De acuerdo con la Secretaría de Hacienda y Finanzas del Gobierno
de la Ciudad de Buenos Aires, el padrón de automotores radicados allí
llega a 1.527.000 unidades, en tanto que en la provincia de Buenos
Aires existen 3.600.000 vehículos empadronados, aunque según fuentes
de la Dirección General de Rentas bonaerense casi un millón de esos
rodados y o circula y no fue dado de baja, por lo que se estima que
en la provincia se encuentran registrados 2.600.000 automóviles, de
los cuales 2.000.000 corresponden al primero, segundo y tercer cordón
del conurbano.
En los últimos cuatro años, lejos de detenerse, la cifra de rodados
sustraídos creció en forma geométrica. De acuerdo con las mismas fuentes,
en 1998 fueron robados 60.000, o sea que durante durante 2000 la cifra
aumentó más del 60 por ciento.
Si se toma desde 1997, la cantidad de automóviles que se esfuma en
el país creció el 80 %. Pero el mismo índice se incrementó en 200
por ciento en la Capital Federal y el Gran Buenos Aires, que concentran
el mayor parque automotor de la Argentina.
El hecho de que nadie pueda detener el robo de automóviles también
se hizo sentir en los bolsillos de la gente, además de representar
un riesgo para los automovilistas que, en muchos casos, han pagado
con su vida, como ocurrió con el estanciero Roberto Zavaleta, asesinado
hace quince días en Llavallol cuando se resistió a que dos delincuentes
le robaran su camioneta.
"Debido a la fuerte siniestralidad hemos tenido que aumentar las
pólizas entre 15 y 20 por ciento para poder tratar de aguantar las
pérdidas, cada vez mayores, a raíz de los robos de los autos", expresó
el gerente de una compañía de seguros de primera línea que pidió mantener
en reserva su nombre y el de su empresa Si bien difieren de las cifras
que maneja la entidad que agrupa a las compañías de seguros, las estadísticas
de la Policía Federal demuestran claramente el sostenido crecimiento
del delito de robos de automóviles.
Según la Policía Federal, durante 1999 se robaron 22.663 vehículos
en la ciudad de Buenos Aires, de los que se recuperaron 5820, mientras
que en los doce meses de 2000 fueron sustraídos 25.989 automóviles,
de los que se halló sólo el 30 por ciento.
Mafias y levantadores
De la misma forma en la que creció el delito aumentó la cantidad de
gente que vive del robo de automóviles. Así surgieron los levantadores
de vehículos que, con una ballenita ranurada de acero, son capaces
de abrir un coche y ponerlo en marcha en veinte segundos.
Claro, no eligen cualquier rodado, sólo los más caros y luego de
revisar desde el exterior si cuenta con alarma. Por cada camioneta
cuatro por cuatro que roban, los levantadores cobran un máximo de
2000 pesos.
En otros casos, los delincuentes se apoyan en la complicidad de algunos
empleados infieles de estacionamientos y lavaderos, que pasan el número
de código de la llave a un cerrajero, quien con dicha clave y la descripción
del automóvil a la que pertenece fabrica una llave melliza.
Durante los últimos tiempos proliferaron los delincuentes que roban
vehículos a mano armada. En el Gran Buenos Aires, el 70 por ciento
de los hechos ocurre con esa modalidad, aunque la proporción se invierte
en la ciudad de Buenos Aires, donde el 70 por ciento de los automóviles
es sustraído por levantadores.
Los Fiat Duna, Renault 9 y los Chevrolet modelos Corsa y Vectra son
los vehículos más robados, ya sea para fabricar mellizos que después
funcionan como remise -el caso del Fiat Duna- o para ser desarmados
y vendidos por partes en los otros tres casos. Seis de cada diez camionetas
cuatro por cuatro aseguradas fueron sustraídas durante 2000.
A menor valor del rodado, menor es el importe que percibirá el ladrón,
que generalmente lo entrega a un reducidor. Este le paga un máximo
de 400 pesos por un Fiat Duna.
Si se trata de una cuatro por cuatro, su destino será seguramente
Paraguay, adonde será llevada por un pasador o en un contenedor revestido
con aluminio para evitar que sea localizado por algún sistema satelital.
Allí, la todoterreno será canjeada por droga o dinero, al 30 por ciento
del valor del mercado, según explicó un veterano gestor de trámites
para recuperar vehículos robados en el vecino país.
Para los automóviles robados que no son lujosos, su destino será
seguramente algún desarmadero de los que proliferaron en la Capital
Federal, en Ciudad Evita, a lo largo del camino Monteverde y la avenida
Pasco, en la zona sur del conurbano, o a la vera de la ruta 8, en
SanMartín.
En el caso de los desguazadores porteños, se trata de pequeños talleres
que no pueden guardar más de dos automóviles y que tienen en los recolectores
de basura a sus mejores aliados.
A ellos, los delincuentes les pagan 400 pesos por semana para que
retiren los vidrios rotos de los vehículos, grabados con el número
de patente, para que la acumulación de dicho material no levante las
sospechas de la policía.
Por Gustavo Carabajal
De la Redacción de Lación